El 22 de octubre son las elecciones presidenciales y, como siempre, aparece la gente que nos dice que votemos bien. Cuando alguien nos dice "votá bien", lo que está queriendo decir es obviamente "votá como yo" y por eso puede muchas veces irritarnos. Hay algo del voto que es eminentemente privado y subjetivo. Uno podría pensar que lo que es bueno para otro no lo es para mi, que nadie puede controlar lo que votamos y que por eso debemos votar en un cuarto oscuro o que cada uno vota lo que tiene ganas. Así, el voto parece un acto puramente invidual, en el que cada uno responde a causas o razones inexcrutables. En ese contexto, la idea de votar bien no tiene sentido porque no existe algo así como lo bueno en la política democrática, sino que ella consiste en la mera agregación de voluntades individuales. La democracia, así, no sería más que un sistema en el que las preferencias de cada uno tienen el mismo peso y las elecciones cumplirían la función de conocer cuáles son esas preferencias.
Uno de los elementos distintivos de esta forma de entender a la democracia es su falta de compromiso con la idea de verdad. No es posible votar mal porque no existe mal y bien en la esfera pública, por lo que solo queda la agregación de preferencias. La teoría democrática llama a este conjunto de posiciones ´procedimentalismo puro´ porque su compromiso se limita al respeto por las reglas de juego. Bajo esta teoría, el deber que tenemos los ciudadanos y las autoridades es el de respetar las reglas de juego que garantizan el igual peso de cada uno de nosotros en la toma de decisiones colectiva.
El problema del procedimentalismo puro, sin embargo, es que no puede explicar por qué las reglas tomadas de acuerdo a un procedimiento igualitario son legítimas y deben ser obedecidas. Podemos decir que las elecciones son una "apuesta institucionalizada" en la que cada uno elige a un candidato y, gane o pierda, acepta el resultado. Esto puede tener algunas virtudes como producir alternancia o darnos un contexto apropiado para discutir el futuro del país. Más centralmente, aquellos que estamos comprometidos con la democracia, procedimentalistas puros incluidos, valoran el igual peso de cada voto en este procedimiento. Si los votos de los ricos valieran más, por ejemplo, nos parecería que este sería un sistema ilegítimo.
Ahora bien, si nos parece que la igualdad es un valor que otorga legitimidad a un procedimiento, esto es porque nos parece que es un valor verdadero. Si creyéramos lo contrario, no tendríamos ninguna razon para elegir un sistema democrático oligárquico a igualdad de otros factores. Pero si la igualdad es un valor verdadero, no parece tener mucho sentido afirmar que la democracia es un sistema sin ningún compromiso con la verdad. Esto mismo sucede con muchos otros valores, como por ejemplo la libertad para discutir los asuntos públicos. Así, la idea misma de la práctica democrática asume la existencia de compromisos sustantivos, dado que solo ellos pueden dar valor a los procedimientos.
Por supuesto, esto no significa que sea evidente cuáles son esos compromisos y qué decisión es la que mejor responde a ellos, pero negar su existencia directamente clausura la pregunta. Si no existe la posibilidad de votar mal porque no existe algo así como el bien y el mal, los votantes nunca nos vamos a preguntar ´a quién debo votar?´ y en consecuencia no vamos a responder a las razones disponibles para comportarnos en uno u otro sentido.
Existe un agumento adicional, muy conectado al anterior, para afirmar que es posible votar mal. Las elecciones son un acto de autoridad. La persona sea electa de acuerdo a los procedimientos democráticos va a ser Presidente/a y los demás deberemos aceptarlo. Esto significa que cuando nosotros votamos por alguien, estamos imponiendo la autoridad de nuestro voto a los demás, quienes no pueden resistirlo de ninguna forma más que con la imposición de su propia porción de autoridad. Así, cuando votamos estamos ejerciendo nuestra autoridad sobre los demás.
Las sociedades modernas asumen que el ejercicio de la autoridad tiene que estar justificado. Por eso las sentencias o los decretos tienen considerandos y los políticos van a la tele a explicar sus decisiones. Si la legitimidad no se viera afectada por el ejercicio arbitrario de la autoridad, toda esta práctica sería innecesaria y podríamos ahorrarnos todo el tiempo que gastamos en justificar por qué la autoridad hace lo que hace. Ahora bien, si el voto es un acto de autoridad, esto significa que la no arbitrariedad en su ejercicio también rige para él. Por lo tanto, así como los funcionarios deben dar explicaciones a los ciudadanos, los votantes también deben estar en condiciones de hacer lo mismo. Lo que es más, estas razones no pueden ser discrecionales. Así como no aceptaríamos que un político baje un impuesto solo porque tiene ganas, existen ciertas justificaciones que no son aceptables a la hora de ejercer la autoridad de nuestro voto. Por lo tanto, no solo debemos ser capaces de ofrecer razones para explicar cómo actuamos, sino que estas razones están limitadas por su aceptabilidad para aquellos a quienes se dirigen.
Todo este argumento puede parecer demasiado teórico, pero es absolutamente consistente con buena parte de nuestra práctica democrática. Cada vez que discutimos sobre política no sólo afirmamos nuestras posiciones, sino que explicamos por qué decimos lo que decimos. En el caso contrario, el debate público se parecería más a un conjunto de sujetos desconectados expresando sus preferencias que a una discusión. Está práctica solo tiene sentido si asumimos que las razones funcionan como criterios que nos permiten acercanos a cierta verdad como que una política va a generar más pobreza o que cierto impuesto es problemático desde un punto de vista igualitario. Si estas afirmaciones no pudieran ser ciertas ni falsas, nada de lo que hacemos en el día a día tendría sentido.
La política democrática se constriye de ciudadanos y hasta que no haya un cambio radical en nuestro sistema institucional, su momento de mayor influencia es el momento de votar. Sin embargo, muchas veces parecería que este es un acto privado, solitario y por lo tanto tan discrecional como elegir que película ver en el cine. Así, la democracia renuncia a la idea de verdad y queda a merced de una serie de decisiones discrecionales. Votar, por el contrario, implica comprometerse con ciertos ideales y asumir nuestro rol en un proyecto colectivo. Lejos de ser un cheque en blanco, ese rol nos da un poder que debemos ejercer con responsabilidad.
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