La cultura universitaria argentina repite casi como un mantra que las universidades deben ser públicas, gratuitas y de calidad. Que las universidades públicas son públicas es una tautología, y que son gratuitas es cierto, más allá de los mecanismos de exclusión socioeconómica que las universidades puedan tener en la práctica. Que todavía respetemos el tercer principio, la calidad, es más disputable. No voy a referirme a todo el Sistema Universitario Argentino porque no lo conozco y sería una irresponsabilidad. Sí pasé, sin embargo, mucho tiempo en la UBA y en particular en la Facultad de Derecho, por lo que creo que puedo hacer alguna contribución a la discusión sobre el presente y futuro de nuestra facultad.
Los estudiantes y graduados de la UBA estamos muy orgullosos de nuestra universidad. Cinco premios nobel, el prestigio internacional y un buen desempeño en los rankings internacionales parecen darnos la razón, la UBA es una referencia a nivel internacional y produjo profesionales de nivel mundial. En Derecho, haber tenido referentes como Carlos Nino entre tantos otros, o la constante presencia de la facultad en los puestos más altos de las competencias internacionales parecen reforzar esta idea. La facultad tiene graduados y estudiantes de primer nivel, lo que debería dejarnos tranquilos respecto a su calidad.
Los casos de éxito, sin embargo, pueden hacernos olvidar de lo que sucede a nivel general en la facultad. En una facultad con más de veinte mil estudiantes, la principal pregunta no debería ser cuán buenos son los mejores doscientos alumnos, sino también cuán malos son los peores doscientos, y más aún cuán buen profesional es el graduado promedio. Al cambiar la perspectiva, creo que aparecen más problemas que los que nos gustaría reconocer.
La preocupación por la calidad de la Facultad de Derecho no es un fetiche academicista. Los abogados tienen en sus manos el funcionamiento de nada menos que el derecho de un país. Ellos defienden a los ciudadanos en procesos en los que se juega su patrimonio, su libertad y derechos fundamentales como la igualdad o la autonomía personal, y deciden sobre estos mismos asuntos como funcionarios judiciales. La calidad de nuestros abogados, entonces, debería ser una preocupación central para todos aquellos que nos preocupamos por el rol social de la Universidad. El principal rol social de una Facultad de Derecho es producir operadores jurídicos confiables. No solo producir abogados con deficiencias tendrá un efecto sobre el funcionamiento del Sistema jurídico, sino que esas consecuencias serán especialmente notorias para los sectores con menos recursos, quienes quedarán más expuestos a las decisiones de abogados con una formación deficiente.
Si corremos el foco del Sistema jurídico y nos concentramos en la Facultad, producir mejores abogados es una forma de cuidar el prestigio que supimos conseguir, y de que el título de abogado de la UBA siga siendo valioso. Hoy en día, un título de abogado de la UBA ofrece muy pocas pistas sobre la calidad profesional de quien lo ostenta. Es posible que la persona haya cursado con grandísimos docentes, estudiado con grandes textos y se haya sometido a exámenes exigentes. También es posible que todo lo contrario haya sucedido, incluso logrando muy buenas notas con un nivel muy bajo de exigencia. Tanto si nos preocupa el Sistema jurídico como si nos preocupa que la UBA siga teniendo el nivel que nos enorgullece y que lentamente está perdiendo, debemos hacer algo.
Hasta acá di por sentado que el nivel de la Facultad de Derecho es sumamente desparejo, y que el nivel medio dista de ser el ideal, pero no desarrollé ese punto ni exploré las razones para ello. Creo que los problemas de la Facultad son evidentes para cualquiera que haya pasado el suficiente tiempo allí y haga una evaluación honesta de lo que sucede en sus aulas. Un par de anécdotas, sin embargo, pueden ayudar a ilustrar el punto.
Las dos primeras son parecidas. Una vez teníamos que leer un paper para una clase. La profesora empezó a presentar el paper y su presentación iba exactamente contra el punto del paper. Cuando lo comenté dijo que podía ser, que hacía mucho que no lo leía. En una historia muy parecida, para una materia del CPO, es decir una materia donde la gente ya llevaba muchos años dentro de la vida universitaria, teníamos que presentar la lectura del día frente a nuestros compañeros. Un compañero de cursada, al igual que la docente, presentó el punto exactamente contrario al del paper, probablemente debido a que tomó la idea criticada como la hipótesis. Estos casos, a pesar de ser parecidos, muestran un par de cosas diferentes. El primero, la enorme irresponsabilidad de la docente para preparar la clase, lo que también puede verse en docentes que se rehúsan a discutir el contenido de la bibliografía que asignan para una clase, ya sea por falta de capacidad o de voluntad. La segunda anécdota muestra que los estudiantes pueden llegar muy lejos en la carrera sin poder comprender textos académicos.
Antes de adentrarme en las posibles causas de esta situación, quiero mencionar una historia más. Recuerdo que sobre el final de la materia que elegí dentro del departamento de filosofía, un compañero le dijo a su compañera de banco que le había gustado la materia porque lo había hecho pensar, y que era la primera vez que le pasaba en todos sus años de facultad. Eso significaba que en muchisimos años, los docentes de materias tan complejas, multidimensionales e interesantes como las que hacen al programa de la Carrera de derecho habían fallado en ayudar a mi compañero a pensar. Él estaba, por lo visto, abierto a reflexionar sobre el derecho, pero había tenido que esperar hasta las últimas materias de la carrera para que alguien lo incentivara a hacerlo.
Las anécdotas podrían seguir para siempre, pero creo que el punto es más o menos claro. La calidad media de la facultad está lejos de ser ideal y que esto es un problema no solo para la facultad y sus graduados, sino un problema más general. Ahora, vale la pena explorar algunas de las causas que pueden explicar esta situación.
Si empezamos con el régimen de promoción, ya aparecen muchas luces rojas. Derecho es la única facultad donde se promociona con seis, es decir con cinco cincuenta. A diferencia de en otras facultades como Filosofía y Letras o Economía, en derecho es posible promocionar una materia con un siete y un cuatro, lo que difícilmente muestre que esa persona aprendió lo suficiente sobre esa materia. El tiempo de cursada también es extraordinariamente bajo. Las materias más exigentes (solamente dos) requieren cuatro horas y media de cursada por semana, mientras que en Ciencia Política no existen materias de menos de cuatro horas y muchas de ellas toman seis horas semanales. El régimen de exámenes también parece estar diseñado para que sea extremadamente fácil promocionar materias. Según el reglamento del CPC, todos los estudiantes tienen derecho al recuperatorio de ambos exámenes sin importar la causa por la que hayan fallado en el primero. Es decir que existen dos oportunidades para conseguir ese siete y ese cuatro necesarios para promocionar.
Cuando pensamos en las lecturas, pasa algo muy parecido. A pesar de ser una Carrera humanística, y por lo tanto asimilable a las que se enseñan en la Facultad de Ciencias Sociales o en Filosofía y Letras, la carga de lecturas es ridículamente menor. Esto parece tener su origen tanto en los docentes como en los estudiantes. Muchas materias carecen de un cronograma de lecturas e, incluso si lo tienen, parecen desentenderse de la discusión sobre el material asignado para cada clase. Desde el otro lado del mostrador, cuando una materia sí tiene un programa con una carga apropiada para una Carrera humanística que aspira a estar entre las mejores del continente, los alumnos presentan quejas y desincentivan a futuros estudiantes a tomar esas materias.
Esta misma tendencia en el estudiantado puede verse en las demandas y conquistas del Centro de Estudiantes. Tal vez me equivoque, pero no recuerdo un solo reclamo orientado a la mejorar la calidad de la Carrera. Por el contrario, las demandas que refieren a la cursada propiamente dicha suelen estar orientadas a facilitar la obtención del título. Por supuesto, existen muchas situaciones en las que es posible facilitar la cursada sin resignar calidad académica, pero también existen muchas otras en las que no. Sin embargo, la ausencia de demandas orientadas a tener mejores docentes y mejores programas parece mostrar que esta no es una demanda que le sea cara al estudiantado de la Facultad de Derecho. Esta misma situación es la que parece explicar la extendida utilización del eufemismo de las cátedras “pro alumno” para referirse a cátedras poco exigentes. Cuesta imaginar de qué forma ofrecer una experiencia académica de baja calidad equivale a hacerle un favor a un estudiante.
Cuando ponemos el foco en la situación de los docentes de la facultad, la situación no parece mejor. Es difícil saber por dónde empezar a describir la situación de los docentes, pero probablemente el primer factor relevante sea el tiempo que se demoran los concursos y la falta de control sobre la actividad de los docentes concursados. En este contexto, la facultad tiene muchos docentes que reciben sueldos, pero no ejercen ningún rol, otros tantos docentes hacienda esfuerzos extraordinarios sin recibir una remuneración, y un amplio grupo de docentes interinos son sujetos a la inestabilidad laboral propia de su situación. Creo que todos experimentamos como estudiantes la ausencia casi total de los titulares de cátedra, e incluso muchas veces de los adjuntos, en nuestros cursos. Más aún, muchas veces esos mismos titulares de cátedra ni siquiera ejercen un rol respecto a los miembros de sus grupos. Por último, muchos de los profesores no tienen estudios de posgrado, y sus clases se limitan a la repetición de códigos y otras leyes, volviéndolas problemáticas tanto desde un punto de vista teórico como práctico.
Si bien sería imposible que los titulares den todos los cursos que tienen a cargo, sí podrían organizar sus cátedras promoviendo lecturas, espacios de intercambio y la producción académica (hasta donde sé, la cátedra de Sancinetti es un buen ejemplo de esto). Sin embargo, transformarse en titular de cátedra muchas veces aparece como un pasaje al prestigio y al desentendimiento de la situación de los cursos que esos titulares tienen a cargo. De esta forma, las cátedras muchas veces carecen de su función formativa y de coordinación, y el prestigio que otorgan sus titulares no se corresponde con la experiencia de sus miembros o sus estudiantes.
En el contexto de una cultura que desalienta la educación de calidad, los docentes tienen incentivos a bajar la calidad de los programas, clases y evaluaciones para no perder sus cursos por falta de inscriptos, generando un círculo vicioso de estudiantes que llegan a las últimas instancias de la Carrera sin habilidades básicas y docentes a los que no se les exige que estén a la altura de la Facultad en la que enseñan.
Otro aspecto que atenta contra la calidad educativa de la facultad es la total descoordinación entre los contenidos de las materias. Pasé un buen tiempo de mi vida observando y dando algunas clases de derecho constitucional. Para cursar constitucional, los estudiantes tienen que haber aprobado el CBC (ICSE, IPC, Sociología, Ciencia Política, Derecho Constitucional y Derechos Humanos y Principios Generales del Derecho Privado), así como materias como Teoría del Estado y Teoría del Derecho. En ese contexto, un docente debería poder dar por sentados ciertos conocimientos de historia, epistemología, teoría y Ciencia política e incluso de derecho constitucional. Sin embargo, la combinación entre la ausencia en la práctica de un contenido unificado y los incentivos que los docentes tienen a aprobar alumnos que no cumplen con los estándares de conocimiento que las evaluaciones de esas materias deberían verificar lleva a que los docentes de materias que son más avanzadas no puedan dar ese conocimiento por sentado. Así, la función de las correlatividades queda frustradas y los cursos difícilmente pueden ganar en profundidad, afectando la calidad académica de la Carrera.
Si bien es cierto que los departamentos tienen una función de coordinación para que la libertad de cátedra no se traduzca en un cadáver exquisito, en la práctica abdicaron de esta función. Los programas oficiales son hojas arrugadas en carpetas olvidadas, y rara vez guían el trabajo de los docentes. Asimismo, los departamentos no se ocupan de asegurar que los docentes cumplan con esos programas, lo que hace que en la práctica ellos no cumplan casi ninguna función.
A pesar del panorama que pinté, la facultad cuenta con espacios académicos de excelencia. Los resultados de la UBA en las competencias internacionales están a la vista, el Gioja tiene grandes investigadores que logran una buena producción académica a pesar de las condiciones laborales que tanto la UBA como el CONICET les ofrecen. También espacios como el Centro de Derechos Humanos o Lecciones y Ensayos, o las becas DeCyT o UBACyT, asi como las adscripciones, contribuyen a que los estudiantes tengan la posibilidad de tener experiencias que todavía hacen a la Facultad de Derecho de la UBA una institución con espacios de primer nivel. También existen muchísimos docentes de altísima calidad, y aquellos que por conocer gente en la facultad o por puro azar lograron cursar con ellos recibieron una educación de primer nivel. Sin embargo, esto llega a una pequeña minoría en la Facultad, mientras que las grandes mayorías sufren los problemas que vengo describiendo
Me preocupa, sin embargo, que los aspectos problemáticos de la facultad lentamente erosionen los virtuosos. Este proceso puede verse en distintas dimensiones, pero que algunos de los mejores académicos jóvenes y graduados de la UBA como Ezequiel Monti, Leandro Dias, Sebastián Guidi o Patricio Nazareno den clases en universidades privadas y no en nuestra facultad debería funcionar como una alerta sobre nuestro futuro.
Creo que solo queda una pregunta por abordar: ¿qué hacemos? En este punto, mis respuestas son menos claras, pero me tal vez pueda tener algunas sugerencias. Un examen general eliminatorio después del primer año de Carrera, por ejemplo, permitiría que los estudiantes tengan durante dos años la posibilidad de nivelar las desigualdades que surgen de la disparidad en la educación secundaria, garantizando a la vez que todos aquellos que siguen en la Carrera no solo poseen los conocimientos enseñados en esos años, sino que cuentan con las habilidades de lectoescritura necesarias para cursar una Carrera humanística. También creo que es necesario establecer algún Sistema de control y premios sobre los docentes, garantizando que aquellos que cobran contribuyen a la facultad y que aquellos que contribuyen a la facultad reciben un sueldo. A su vez, esto requiere algún tipo de reforma sobre el Sistema de concursos que desconozco cómo encarar.
También es necesario garantizar que aquellos que promocionan una materia cuenten con los contenidos mínimos establecidos en el programa, lo que podría evaluarse mediante la selección de una muestra aleatoria de alumnos que hayan cursado en cada comisión. Esto también puede promoverse subiendo la nota necesaria para la promoción hasta los niveles que caracterizan a las otras facultades. También podríamos pensar en tener un Sistema de teóricos y prácticos como en Sociales o en Filosofía y Letras, de modo que los estudiantes tengan acceso a los prestigiosos titulares de cátedra con los que cuenta la facultad.
Por último, creo que la contribución del estudiantado es necesaria. Hace más de cien años, los estudiantes universitarios de reclamaron una mejor educación en el Manifiesto Liminar. Tal vez haya llegado el momento de recuperar esa tradición, y de que los estudiantes reclamen más y mejor educación a los docentes de la facultad. Sin el claustro estudiantil reclamando educación de calidad, será muy difícil movilizar cualquier reforma.
Desde ya, las sugerencias que hice en estos párrafos no son elaboradas propuestas de política pública, sino intuiciones sobre de qué forma podríamos mejorar la calidad general de nuestra facultad. De lo que sí estoy seguro es de que es necesaria romper la inercia de decadencia en la que nos encontramos, y de que eso solamente es posible si todos los actores involucrados reclamamos que la educación no sea solo pública y gratuita, sino de calidad.
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